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Uno de los mayores atractivos que presenta El Collado de las Lobas es la organización de cenas medievales, que se desarrollarán cada sábado del mes. Una actividad muy novedosa que os vamos a presentar a través de un ejercicio de imaginación para que os hagáis una idea de todas las sorpresas que os aguardarán en este especial banquete.
En primer lugar, vamos a situarnos. Este viaje en el tiempo nos lleva hasta el siglo V, cuando el Imperio Romano está perdiendo su fuerza en Occidente y empieza a asomar en el panorama europeo una nueva etapa, la Edad Media. Un estilo de vida que se impone poco a poco y sin saber muy bien porqué, pero que estará latente a lo largo de los diez siglos posteriores, hasta la caída de Constantinopla.
Puesto que en El Collado de las Lobas cada sábado experimentaremos el atrevimiento de convertirnos en verdaderos ciudadanos medievales, vamos a conocer cómo eran las gentes de esta época.
Una de las etapas que más influyeron en la organización social fue la del Feudalismo, pues implantó una fuerte jerarquización social que dividió a la población entre Señores y Vasallos. Asimismo, la sociedad estaba segmentada en tres clases sociales: la nobleza, el clero y el pueblo llano.
El contexto de esta etapa nos sitúa en los tiempos de las Cruzadas, dirigidas contra los musulmanes en un intento por recuperar la Tierra Santa y el Santo Sepulcro. Se suceden las batallas y grandes hazañas que engrosaban el estatus de nobles y caballeros.
También son años de fuerte represión moral. Nace la Inquisición y en España alcanzará su máxima expresión. Durante el tiempo en el que esta institución estuvo activa se produjo una fuerte persecución del pensamiento que, en nombre de Dios, arrastró hasta la muerte a numerosas personas, utilizando una crueldad extrema para ejecutar sus sentencias. Aprovechando la visita al Collado de las Lobas, es interesante desplazarse hasta Santillana del Mar para visitar el Museo de la Inquisición, donde se da buena cuenta de los instrumentos y técnicas utilizadas por esta institución.
El final de esta etapa feudal está marcada por la aparición de una nueva clase social, la burguesía, quien, con una visión comercial y aperturista, fue la responsable de fracturar la estricta pirámide social del sistema feudal.
Un cambio de imagen
Ahora que ya nos hemos ambientado, es el momento de cambiar de imagen. Vamos a asistir a un gran banquete medieval y hemos de ir vestidos para la ocasión. Y es que, realmente, vamos a sentarnos a la mesa con los atuendos típicos de la época, un detalle que los responsables de la posada van a facilitar a los invitados para que se metan de lleno en el papel.
En la Edad Media el prestigio se demostraba, entre otras cosas, a través de los vestidos y los complementos, por lo que, según la clase social a la que se perteneciera, la ropa era diferente.
En el caso de los hombres nobles, los ropajes típicos eran una camisa de lino hasta las rodillas, sobre la que colocaban una túnica. En las piernas portaban calzas, una prenda similar a las medias actuales, que llegaban hasta los pies y solían estar hechas de paño o cuero.
Respecto a sus mujeres, portaban, además de la túnica, una especie de bata, abierta por la parte delantera y sujeta con una cadenita para poder caminar. También fue muy habitual el uso de la falda, unas piezas cuadrangulares con un agujero en el centro que se ceñía a la cintura, dejando cuatro picos en la parte inferior.
Como prenda exterior, la moda marcaba el uso de mantos y capas de lana y seda, adornados con bordados de oro y pedrería.
Este tipo de vestimenta era la habitual para mostrar el rango social y asistir a ceremonias y banquetes.
Otro elemento importante y distinguido eran las joyas, utilizadas para adornar los vestidos y las capas. Anillos, pendientes, orquillas, broches, placas-hebillas… eran lucidas en los cuerpos de las mujeres para ensalzar su privilegiada situación social.
A la mesa
Con nuestros nuevos trajes de época, abandonaremos nuestras habitaciones en la Posada para asistir a un gran banquete, réplica de los que celebraban nuestros antepasados en sus fiestas, torneos, bodas…
Estos festines se caracterizaban por tener una prolongada duración y por ser interrumpidos en varias ocasiones para disfrutar de las actuaciones de juglares, músicos o acróbatas. Algo, que también está previsto en la cena a la que asistiremos nosotros.
En cuanto al menú, hay que decir que la cocina medieval ha pasado a la historia como una muestra de poderío, con numerosos y abundantes platos, y por una constante búsqueda de nuevos sabores, colores y combinaciones, buscando alcanzar el máximo placer posible.
En nuestra cena degustaremos un plato de sopa de ajo, ya que los caldos eran un clásico en estos festines. Como plato fuerte tomaremos ensalada con cordero, y es que las carnes eran muy apreciadas en la Edad Media. De hecho, se consideraban un producto más prestigioso que los demás, aunque también era común comer aves o algún pescado.
Para la hora del postre, la fruta será la principal protagonista. Limones, naranjas, pomelos, membrillos… agasajaban a los comensales, aunque el producto estrella en este ámbito eran las uvas.
El festín se completa con pan y vino, dos de los elementos más importantes de la época. El primero considerado un bien de máxima prioridad en la alimentación diaria y, el segundo, concebido como la bebida de mayor prestigio social.
Por último, recordar que durante esta época se comía con las manos y, dado que estaremos imbuidos en una atmósfera plenamente medieval, nosotros no vamos a ser menos.
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